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y enseñando en toda sabiduría, para que presentemos a todo hombre perfecto en Cristo Jesús”  (Colosenses 1:27.28)

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Disciplina: Cinco claves para la armonía familiar
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 Disciplina: Cinco claves para la armonía familiar         

por Dr. James C. Dobson

 

            Criar hijos es una tarea difícil y compleja, especialmente si queremos armonía en nuestra familia. El autor, famoso autor, conferencista y consejero, desde el concepto judeocristiano de ser padres, nos ofrece cinco pilares del sentido común al criar niños.

 

Mi propósito principal al escribir Atrévete a Disciplinar (1970) y El Nuevo Atrévete a Disciplinar, revisión 1992, fue registrar lo que yo entiendo del concepto judeocristiano de ser padres que ha guiado a millones de madres y padres a través de los siglos. Estoy convencido de que también será exitoso en su hogar. Examinemos cinco pilares del sentido común al criar niños.

 

1. Desarrollar respeto por los padres es un factor crítico en el manejo del niño

 

Es muy importante que el niño aprenda a respetar a sus padres —no para satisfacer sus egos sino porque su relación con ellos provee las bases para su futura actitud hacia todas las otras personas. Su concepto sobre la autoridad de los padres será la clave de su actitud hacia la autoridad escolar, los oficiales de la ley, empleadores y otros con quienes él eventualmente vivirá o trabajará. La relación padre-hijo es la primera y más importante interacción social que tendrá el niño, y los problemas y situaciones experimentados allí a menudo pueden aparecer más tarde en la vida.

 

El respeto por los padres debe ser mantenido por otra razón igualmente importante. Si usted quiere que su hijo acepte sus valores cuando alcance su adolescencia, usted debe ser digno de su respeto en los primeros años del niño. Cuando un niño puede desafiar a sus padres exitosamente durante sus primeros quince años, riéndose en sus caras y enfrentando tercamente su autoridad, desarrolla un desprecio natural por ellos.

 

«¡Esos viejos tontos de mamá y papá! Los puedo manejar con mi pequeño dedo. Seguro que me aman, pero realmente pienso que me tienen miedo». Un niño puede que no use estas palabras, pero las siente cada vez que vence a sus mayores y gana las confrontaciones y las batallas. Más adelante, fácilmente demostrará su irrespetuosidad en formas más enérgicas. Viendo a sus padres como indignos de respeto, él puede muy bien rechazar cada vestigio de su filosofía y fe.

 

Este factor es también de vital importancia en padres cristianos que deseen transmitir su amor por Jesucristo a sus hijos e hijas. ¿Por qué? Porque sus pequeños niños típicamente identifican a sus progenitores …especialmente sus padres …con Dios. Por lo tanto, si papá o mamá no son dignos de respeto, entonces tampoco lo serán su moral, su país, sus valores y creencias, ni aún su fe religiosa.

 

Cuando nuestro hijo tenía dos años, me sorprendió saber que en su mente me identificaba de cerca con Dios. Ryan nos había visto a su madre y a mí orar antes de cada comida, pero nunca le habíamos pedido a él que diera la acción de gracias. Cierto día, cuando yo estaba fuera de la ciudad en un viaje de trabajo, mi esposa Shirley se volvió espontáneamente hacia el pequeño y le preguntó si quería decir la oración antes de comer. La invitación lo sorprendió, pero juntó sus pequeñas manos, inclinó su cabeza, y dijo: «Te quiero mucho papito. Amén».

 

Cuando volví a casa y Shirley me contó lo que había pasado, el relato me incomodó. No me había dado cuenta de hasta qué punto Ryan me identificaba a mí con su «Padre celestial». Ni siquiera estaba seguro de querer asumir esa función. Era un trabajo demasiado pesado, y no quería tomar esa responsabilidad. Pero no tenía opción, y usted tampoco la tiene. Dios nos ha dado la tarea de representarlo durante los años formativos de la paternidad.

 

Por eso es tan fundamental que pongamos a nuestros niños en contacto con los rasgos predominantes de Dios: su profundo amor y su justicia. Si amamos a nuestros niños pero les permitimos que nos traten irrespetuosamente y sin consideración, habremos distorsionado su comprensión del Padre.

 

Por otro lado, si ejercemos una disciplina rígida sin mostrar amor, habremos empujado la balanza en la otra dirección. Lo que les enseñamos a nuestros hijos acerca del Señor es una función, hasta cierto punto, del ejemplo que les damos de amor y disciplina en nuestra relación con ellos. Asusta ¿verdad?

 

2. La mejor oportunidad para comunicarse ocurre después de una acción disciplinaria

 

No hay nada que acerque más a los padres con sus hijos, que el que la madre o el padre ganen decisivamente después de haber sido desafiados con insolencia. Esto es particularmente válido si el niño se lo estaba «buscando», sabiendo perfectamente que merecía lo que recibió. La demostración de la autoridad de los padres es algo que reconstruye el respeto como ningún otro proceso puede hacerlo, y con frecuencia el niño revelará su cariño después que se sequen las primeras lágrimas.

 

Por esta razón, los padres no deben aterrorizarse ni abstenerse de las confrontaciones con sus hijos. Uno debe anticipar estas ocasiones como acontecimientos importantes, porque proporcionan la oportunidad de transmitir a los hijos mensajes verbales y no verbales que no se pueden expresar en otras ocasiones.

 

Después del desahogo emocional, el niño a menudo querrá acurrucarse contra el pecho de su padre o madre, y debe ser bienvenido con brazos abiertos, cálidos y amorosos. En ese momento, los dos podrán hablar de corazón a corazón. Usted puede decirle lo mucho que lo quiere, y lo importante que es él para usted. Puede explicarle por qué fue castigado, y cómo puede evitar esa dificultad la próxima vez. Este tipo de comunicación suele ser imposible con otras medidas disciplinarias, como el poner al pequeño de pie en un rincón o el quitarle su juguete favorito. Un niño resentido generalmente no quiere hablar.

 

La cordialidad de la madre o del padre después de esas acciones de disciplina es esencial para demostrar que lo que ellos rechazan es la conducta específica y no al niño en sí. William Glasser, creador de la Terapia de la Realidad, dejó muy clara esa distinción al describir la diferencia entre disciplina y castigo. La «disciplina» va dirigida contra la conducta objetable, y el niño aceptará su consecuencia sin resentimiento. Glasser define «castigo» como una reacción que va dirigida contra el individuo. Representa el deseo de una persona de herir a otra; y es expresión de hostilidad en vez de amor correctivo. Como tal, es algo que el niño, a menudo, resiente profundamente.

 

Aunque yo a veces uso esos dos términos como sinónimos, estoy de acuerdo con la premisa básica de Glasser. Es indiscutible que hay una forma incorrecta de corregir al niño, que le puede hacer sentir no amado, no deseado, inseguro. Una de las mejores garantías para que esto no ocurra es una conclusión con demostración de cariño al encuentro disciplinario.

 

3. Controlar sin regañar (¡Es posible!)

 

El gritar y regañar constantemente a los niños se puede convertir en hábito, y por cierto un hábito inútil. Quizás alguna vez usted le haya gritado a su niño: «¡Esta es la última vez que te lo digo por última vez!». Los padres y madres suelen usar el enojo para lograr acciones, en vez de usar acciones para lograr acciones. Es agotador… ¡y no da resultado! El tratar de controlar a los niños mediante gritos es absolutamente vano, como tratar de usar la bocina para dirigir al auto.

 

Resulta sorprendente observar con cuánta frecuencia un maestro o líder de grupo trata de imponer medidas disciplinarias que a los niños no les desagradan. Por ejemplo, conocí a una maestra que gritaba y amenazaba a su clase para que cooperara. Cuando ellos se descontrolaban por completo, ¡ella se subía a un escritorio y hacía sonar el silbato! ¡A los niños les encantaba! Ella pesaba como ciento diez kilos, y durante el almuerzo y el recreo ellos tramaban cómo lograr que se subiera al escritorio. Ella, sin percatarse, estaba ofreciéndoles un espectáculo, una recompensa por su indisciplina. ¡Eso resultaba mucho más ameno que estudiar las tablas de multiplicación! La actitud de los niños se parecía a la de aquel conejo del cuento, que le suplicó a la zorra que lo tirara al zarzal. Era lo que ellos más deseaban.

 

Nunca hay que subestimar la conciencia que tiene un niño que está rompiendo las reglas. Creo que la mayoría de los niños son bastante analíticos a la hora de desafiar la autoridad: consideran con anticipación su fechoría, y sopesan sus probables consecuencias. Si hay demasiadas probabilidades de que triunfe la justicia, optan por tomar un rumbo más seguro. Esta observación queda verificada en millones de hogares, donde un pequeño empuja a uno de sus progenitores hasta el límite de la tolerancia, pero sigue siendo un dulce angelito con el otro. La mamá se queja: «Ricardito le hace mucho caso a su papá, pero a mí ni me presta atención. Ricardito no es tonto. Él sabe que con su mamá sale mejor librado que con su papá.

 

Para resumir este punto, los padres deben reconocer que las técnicas de control más exitosas son las que manipulan algo de importancia para el niño. Las discusiones con mucha palabrería y las amenazas vanas tienen poco o ningún poder de motivación para el niño. «¿Por qué no te compones y haces lo que se debe hacer, Juancito? ¿Qué voy a hacer contigo, hijo? Dios mío, parece que siempre tengo que llamarte la atención. Simplemente no puedo entender por qué no haces lo que se te dice. Si al menos una sola vez te portaras como es digno de tu edad». Y por ese camino sigue y sigue la descarga de palabras.

 

Juancito aguanta las interminables reprimendas, mes tras mes, año tras año. Para suerte suya, está equipado con un mecanismo que le permite oír lo que quiere oír y dejar pasar todo lo demás. Así como quien vive cerca de la línea del ferrocarril llega a no oír ni siquiera el retumbo de los trenes que pasan, así Juancito ha aprendido a hacer caso omiso a esos sonidos sin significado que hay en su entorno. Juancito (como todos sus compañeros) estaría mucho más dispuesto a cooperar si claramente fuera para su beneficio personal.

 



 
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